Danza Mexhica

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Danza Mexhica

 

La danza prehispánica es un caminar florido consciente.  Se danza en primer lugar en reconocimiento a los generadores, los elementos agua, aire, tierra y fuego.  En su sentido más estricto, la música de la danza es una respuesta en armonía con la naturaleza, con los latidos de nuestro corazón, con la respiración, las corrientes de nuestro torrente sanguíneo y el calor de nuestro cuerpo. A través de nuestros pasos bien marcados sobre la tierra, somos llevados al recuerdo del conocimiento, la perseverancia y la energía viva de la fuerza de voluntad. El florecimiento de nuestros pasos es el regalo más especial que podemos ofrecer a la energía que nos rodea, una ofrenda de disciplina, observación, concentración, atención y renuncia consciente.

Hemos heredado esta tradición dancística, a través de los códices y la práctica de nuestros antepasados antes de la llegada de los españoles. Fundamentalmente, la danza original se enfoca en el manejo de nuestro pensamiento y emociones para generar un estado de salud integral, además del reconocimiento de nuestros estados emocionales, el desarrollo de habilidades en observación, atención, concentración, creatividad y trascendencia transpersonal.

A esta danza se le denomina mexhica y se practicó en todo el territorio de la confederación del Anáhuac desde Utah hasta Nicaragua (Nic-anahuac “aquí termina el Anáhuac”). Esta actividad formaba parte de la vida cotidiana de los mexhicas en todo el territorio de lo que hoy llamamos Mesoamérica. Posterior a la conquista, los frailes permitieron que estas danzas solo se realizaran en los atrios de las iglesias, en peregrinaciones y en honor de los santos de la religión católica, a lo que hoy se le conoce como danza conchera.  A partir de entonces, la danza es un sincretismo con atuendos europeos e instrumentos metálicos de cuerda; podemos constatar el gran numero de danzantes que participan en las Romerías de Zapopan, Tepeyac, Ciudad Guzman, Talpa, Chalma, etc.

Danzar todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar, es una disciplina que nos lleva no solo a reconocer y a optimizar nuestras capacidades físicas sino estimula “puentes” entre los dos hemisferios cerebrales, activando las funciones propias de la inteligencia múltiple. Las percusiones del tambor activan nuestros órganos al conectar la energía que recibimos del cosmos que atraviesa y permea todo nuestro cuerpo, integrándose con nuestros pasos de vuelta a la tierra y viceversa.

Patricia Elizabeth Torres Villanueva

 

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