La experiencia psicológica y la crisis espiritual

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La experiencia psicológica y la crisis espiritual

Los modelos que hoy en día dominan nuestro entendimiento de la salud y la enfermedad dejan de lado la integración del conocimiento y las técnicas ancestrales de salud espiritual en la educación y formación de terapeutas que trabajan a favor del bienestar humano. La falta de integración de dicho conocimiento comienza con el hecho de que no se toma en cuenta la dimensión espiritual de experiencias que se entienden sólo desde una óptica psicológica-médica.

 

Desde hace varios siglos, en occidente, los entendimientos de salud y enfermedad fueron influenciados en forma determinante por instituciones religiosas que lograron separar la mente del cuerpo, el alma del espíritu, en complicidad con el auge y éxito del movimiento científico. Esta separación impulsó el desarrollo de una ciencia limitada a enfocar sus investigaciones en el empirismo del cuerpo físico, dejando el tema de lo espiritual en manos de las enseñanzas religiosas o del misticismo.

La negación de todo conocimiento ancestral y tradicional, íntimamente relacionado con la naturaleza del espíritu y la sabiduría de una cosmovisión perene y local, ha tenido consecuencias negativas, difíciles de medir, en la manera en que en la actualidad y en la sociedad actual entendemos la salud, enfermedad y, sobre todo, el tratamiento de sanación. Las consecuencias de esta separación se ven reflejadas en los modelos de salud y educación actuales, que a pesar de los descubrimientos de la neuro-plasticidad, se basan en metodologías que dejan fuera temas del alma y del espíritu.

Podemos argumentar que existen dos modelos paralelos: uno que se limita a una percepción clínica-empírica de la experiencia humana, en la que (1) los síntomas son vistos como problemas a resolver, algo a desaparecer o eliminar, (2) la relación terapéutica es entre experto y un enfermo y (3) no hay referencia alguna a experiencias espirituales.

El otro modelo, está inspirado por las cosmovisiones ancestrales o tradicionales, que incluyen entendimientos y creencias que subyacen e informan a los abordajes hacia la salud y prácticas de sanación, en donde (1) el síntoma es visto como una indicación de lo que hace falta ser tomado en cuenta para que el individuo encuentre un nuevo equilibrio corporal, emocional, mental y espiritual en su vida, (2) el terapeuta (sanador) es una guía para que el individuo obtenga una experiencia propia de iniciación y sanación y (3) la espiritualidad es una experiencia directa y palpable que revela aspectos del mundo invisible y los pone en relación con el estado ordinario de consciencia.

Este modelo, trabaja bajo el entendimiento de que la experiencia humana abarca, en principio, diferentes estados de consciencia, como pueden ser: un sueño o visión, el ensueño, la fantasía, la intuición, la imaginación activa, la práctica visionara, la experiencia mística, la atención dividida, el trance, experiencias visionarias de todo tipo (incluyendo las experimentadas con plantas maestras), por mencionar algunos.

Es indispensable que tanto profesionales en el área de la salud como los individuos entiendan la relación íntima que existe entre los planos corporales, emocionales, mentales de nuestra existencia y los temas e intenciones espirituales que los sostienen, ya que todos involucran estados de consciencia que transparentan aspectos inconscientes de nuestro ser y estar en nuestras vidas.

Para esto, el primer paso es entender las semejanzas y diferencias entre “experiencias psicológicas” y “experiencias espirituales”; y cómo un entendimiento de lo espiritual puede traslapar y afectar directamente al bienestar emocional y mental de nuestra experiencia humana.

Las experiencias “psicológicas” tienden a ser vistas como un aspecto de lo que podríamos llamar estados de ordinarios de consciencia – una gama de experiencias que tienden a enfocarse en un estado objetivo de ser y estar en la vida – una perspectiva “yo-ica” que se limita a la historia y experiencia personal, empírica y sensorial, enmarcada y explicada, por lo general, desde un marco de pensamientos y creencias históricas, familiares y culturales relativas al “mundo autorizado”.

Lo “espiritual” se puede ver como el origen, destino y patrón invisible que sostiene la vida encarnada, una dimensión invisible orientada a las maneras en que respondemos intuitiva y auténticamente a cuestiones existenciales e inesperadas y a la manera en que encontramos “significancia” o “sentido” a lo que nos acontece – con el descubrimiento de aspectos únicos y auténticos del ser, junto con una incitación a actuar con integridad en formas congruentes, creativas y constructivas en la vida cotidiana.

Lo espiritual es la manera en que respondemos a cuestiones personales relativas a nuestro lugar y papel en el mundo: ¿Quién soy “yo”? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es el sentido de mi / la vida? ¿A qué historia pertenezco? A menudo, cuando estas preguntas emergen, se tratan y se entienden como depresión o crisis meramente psicológicas.

Para muchas otras personas, son las creencias y doctrinas religiosas las que dan respuesta a estas preguntas, para otras, la respuesta viene desde el lado de la ciencia. Sin embargo, hoy en día hay más individuos con pensamientos críticos que buscan nuevas formas de mapear y describir sus experiencias espirituales en formas no religiosas, no médicas, no científicas sino en formas más directas e integrales que traen sentido a su vida, incluyendo el sentirse uno con sí mismo y en conexión con el mundo natural que les rodea.

La experiencia psicológica y crisis espiritual

Normalidad y enfermedad

El segundo paso en la exploración de la relación entre la experiencia psicológica y la espiritual es la re-visión de las nociones de “normalidad” o “enfermedad”. “Normal” es una construcción cultural, ya que para diferentes culturas existen diferentes tipos de realidades construidas. Cada cultura establece sus rangos de normalidad, a menudo con base en estrategias de sobrevivencia, en íntima relación con el medio ambiente y, más que nada defensivas, diseñadas para evitar o evadir dificultades y/o un dolor, principalmente, emocional.

Típicamente, toda característica, actitud y comportamiento diferente y original (único) de un individuo se juzga como a-normal (fuera de lo normal) y existe mucha presión social para conformar a la persona según modelos evidentemente caducos, e impiden la aparición de impulsos creativos, en sintonía con la naturaleza que nos rodea. En la base de las normas sociales, se encuentra el acuerdo de un modo de ver y entender las cosas, en otras palabras, un estado de consciencia autorizado.

Por lo tanto, cuando una persona experimenta un estado de consciencia no ordinario que lo separa del estado considerado aceptable por la “realidad consensual”, se interpreta como algo enfermo, desviado, posiblemente psicótico. Sin embargo, una educación transpersonal, reconoce que el puente entre la vida psicológica y espiritual son los accesos a diferentes estados de consciencia que, poco tienen que ver con enfermedad y, más bien, traen balance, equilibrio y flexibilidad a nuestras vidas.

Este modelo de educación nos permite reconocer que no todas las experiencias que involucran una separación de una realidad consensual, a través de experiencias de estados de consciencia más profundos y sutiles e inexplicables, son necesariamente síntoma de una enfermedad.

El modelo transpersonal ofrece una alternativa a la visión polarizada de normalidad y patología, psicología y espiritualidad, personal y trascendental. La palabra transpersonal literalmente significa más allá o a través de lo personal, más allá y a través de la historia personal, a través de lo que se experimenta como personal, estamos al alcance de la trascendencia – más allá y a través de la máscara (persona) que viste al espíritu.

Este modelo reconoce que los seres humanos viven dentro de un espectro de consciencia que va desde estados ordinarios (un estado despierto), a estados inconscientes que llamamos sueños, estados profundos de trance, samadhi y estados inducidos por actividades y/o sustancias que llevan a experiencias de unión y dicha. Los estados alteros de consciencia no son patologías y son reconocidos por la visión transpersonal como el medio para trascender la vida meramente personal e histórica.

Entre los pioneros de la visión transpersonal de los años 60s, me gustaría resaltar el trabajo de John Weir Perry (inspirado for C.G. Jung) que reconoció cómo ciertos individuos estaban experimentando experiencias “espirituales” (no religiosas) en formas involuntarias – que no estaban siendo entendidas desde la perspectiva de modelos psiquiátricos.

Si re-consideramos o re-encuadramos estos estados de consciencia como “experiencias espirituales” en vez de “eventos psicóticos” o “patológicos”, notaremos que todas involucran experiencias que no encajan con las categorías convencionales para una realidad consensual – con el mundo “autorizado”. En otras culturas y contextos, estas experiencias serían consideradas como de una naturaleza potencialmente “espiritual”, y serían reconocidas, apoyadas y hasta premiadas y celebradas.

Al comparar y contrastar las interpretaciones espirituales y psicológicas encontramos similitudes que requieren una mirada más profunda. Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre una “pérdida del alma chamánica” y una “depresión”? Ambas reconocen una sintomatología similar, una que generalmente describe una separación y falta de vitalidad y motivación. Sin en embardo son tratados en formas diferentes: una con pastillas farmacológicas, y otra con rituales y un proceso de re-conexión del cuerpo con el alma.

En la psiquiatría tenemos una condición llamada un “Desorden de Disociación de Identidad”, otra de “Personalidades Múltiples”. ¿Cuáles son las similitudes y diferencias entre estas etiquetas y un estado de “posesión chamánica”? Ambos involucran un acceso a personalidades sutiles o “entes”. Mientras una cultura lo considera como una experiencia positiva y pro-activa, la otra, la del mundo convencional consensual, lo ve como un síntoma de abuso infantil extremo.

Carl G. Jung descubrió que lo que el mundo “autorizado” llama delirio consiste en una batalla campal entre fuerzas negativas contra fuerzas positivas, buscando una re-organización que termina siendo una auténtica renovación de la personalidad del individuo, llevándolo ser más auténtico y creativo en su vida cotidiana. Jung demostró cómo el Inconsciente desencadena una creatividad infinita a través de un episodio “psicótico”.

Como podemos ver, la interpretación de la experiencia humana a lo largo de una amplia gama de estados de consciencia depende de la definición de la realidad consensual, y su flexibilidad para aceptar tanto las dimensiones psicológicas como espirituales de la experiencia.

Nos hace falta entender mejor la relación entre bienestar y salud emocional y mental – y experiencias espirituales para entrenar a profesionales a ampliar su visión y reconocer que existen experiencias que pueden ser diagnosticadas erróneamente como casos patológicos. Desde 1974, la mayoría de las personas que experimentan la erupción de algún tipo de mal-estar son tratadas con medicamentos farmacéuticos – impidiendo, deteniendo o cortando procesos de profunda transformación.

La experiencia psicológica y crisis espiritual

Re-encontrando mapas para transitar la consciencia

En las culturas tradicionales, la habilidad de trascender estados de consciencia ordinarios es premiada, incluso fomentada– no patologizada. Autores reconocidos alrededor del mundo hablan de experiencias pico o transcendentales, frecuentemente resultados de momentos de crisis existencias en la vida del individuo, que son poderosas y significativas, trascendiendo estados ordinarios de consciencia.

Culturas tradicionales, chamánicas, y yógicas mapean y simbolizan estas experiencias trascendentes en arte, cultura, danza y rituales. Estas culturas han desarrollado lo que llamamos “herramientas para lograr la experiencia de diferentes estados de consciencia”, para tener acceso a estados profundos (que trascienden el hecho empírico), y pueden ser considerados espirituales. Estas herramientas incluyen meditación, danza, procesos rituales, privación y aislamiento, búsquedas de visión, ayunos, temazcales, pruebas de resistencia y de repetición, frecuentemente a través del uso del tambor y canto.

Aunque presentados y expresadas en diferentes formas culturales, en su esencia todos comparten un fin común: el de separarnos del estado ordinario de consciencia para desencadenar experiencias de realidades internas profundas, llamadas espirituales.

 

El tumulto de la crisis de separación del estado ordinario de consciencia frecuentemente sobrepasa e involuntariamente inicia (despierta) al individuo, transportándolo a otras realidades, perspectivas más sutiles y, al mismo tiempo, alarmantes, por su nivel de extremos. Sus actitudes y comportamientos frecuentemente figuran como preocupantes o amenazantes para el observador – por ser desconocidos e inesperados. Desde el punto de vista de la salud emocional y mental convencional, estos comportamientos se considerarían una psicosis.

Cabe mencionar otra re-interpretación importante de una experiencia “espiritual” y un estado de “salud mental” y ésta es la relación entre una iniciación chamánica y una psicosis. En el occidente, la psicosis se entiende como la fragmentación del la estructura del “yo”, rebasada por el Inconsciente. Desde el punto de vista psicológico, una psicosis generalmente dura 38 días e involucra un proceso de fragmentación, re-organización y la emergencia de una nueva estructura “yo-ica”.

Interpretada desde la perspectiva de un modelo transpersonal o espiritual, esa misma psicosis se entiende como un intento del “yo” de sanarse a sí mismo, eliminando una identidad que se experimentaba como dividida, separándola en pedazos para ser re-emplazada con un Ser más auténtico, creativo y pro-activo.

En iniciaciones chamánicas el proceso generalmente dura 40 días. Solamente que en vez de ser disparado por presiones negativas externas, o cortado por internamientos y medicamentos, la iniciación chamánica se construye dentro de un ritual, y la experiencia visionaria es provocada tanto por privación (alimentos, estímulos externos) como por técnicas de trance que tienen un inicio, un clímax y un desenlace – es decir, hay un mapa para transitar y participar de los movimientos del alma.

Esencialmente, en una iniciación chamánica el iniciado es separado de su mundo conocido (de su zona de confort), frecuentemente privado para entrar a un mundo interno en donde hay un mapa y un sendero, se abre el camino al andarlo, hasta regresar al mundo cotidiano, enriquecido por la experiencia de su viaje interno. El Dr. John Weir Perry hizo la observación de que el contenido interno y la experiencia arquetípica del psicótico es muy parecido a una travesía chamánica. La única diferencia es que el chamán está preparado y apoyado por una historia cultural y su comunidad, emergiendo de la experiencia como un sanador, no como un enfermo.

En su esencia, el modelo médico no tiene mapas o rutas a seguir dichos movimientos del alma, o para lo que la medicina tradicional nativa entiende como una experiencia espiritual constructiva, relacionada con un nuevo equilibrio y salud emocional, mental y espiritual convertido en actitudes y comportamientos pro-activos. Las experiencias espirituales han sido bien documentadas y entendidas en culturas tradicionales, chamánicas y yógicas (oriente) como algo positivo, normal, trascendente, espiritual e incluso necesario para el equilibrio psicológico; en la cultura occidental, las experiencias espirituales han sido institucionalizadas y, en lo que nos incumbe, subestimadas en relación con la salud mental.

Debido a la definición proporcionada por el mundo “autorizado” de la experiencia humana, mucha gente puede ser mal diagnosticada, mal entendida y, en términos generales, mal-tratada, siendo descartados como pacientes con simples problemas emocionales y mentales. No cabe duda que existen individuos que sufren de condiciones de enfermedad emocional y mental, pero también creo firmemente que nos hace falta re-definir la experiencia humana según una gama más amplia de reconocimiento y diferenciación sutil entre una crisis espiritual y una problemática de desequilibrio emocional y mental.

Esto incluye un entendimiento más preciso y detallado de cómo mapeamos estas realidades, y cómo valoramos experiencias internas logradas por medio de experiencias de estados de consciencia alteradas. Precisamos de una cosmología, sistema de creencias, mapas y brújulas para navegarlas, y luego lograr regresar a estados de consciencia ordinaria con éxito.

El desafío es cómo formar practicantes, terapeutas y “navegadores de la consciencia” que trabajen para el bienestar humano y que sean capaces de aplicar teorías y prácticas espirituales a temas psicológicos de manera humanista, creativa, relevante y efectiva.

El Instituto Macuil pretende encontrar un puente entre estos dos paradigmas, a través de un modelo de educación psico-espiritual, transpersonal, dirigido a aquellos seriamente interesadas en el auto-conocimiento, la salud y el bienestar, a través de el entendimiento y la expansión de la consciencia, la reconexión con la sabiduría ancestral, mayor autenticidad, el desarrollo de acciones creativas, propositivas y constructivas en la vida y el aprendizaje de técnicas que integren ambos abordajes, resultando en visiones complementarias y, por la tanto, más efectivos.

Martin James Peake y Sven Doehner

Traducción y edición por María Islas

 

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